El Alto: La ciudad “millennial” cumple 32 años con su primera generación

Aunque carga una larga historia, El Alto adquirió  estatus legal el 6 de marzo de 1985. Hoy cumple 32 años y es una ciudad "millennial”, como el 60% de su población: jóvenes que, en rigor, conforman la primera generación  nacida en la urbe rebelde, diversa y de identidad aymara en diálogo con la globalización.

Nacidos entre 1981 y 1995, los "millennials” alteños   llevan consigo los rasgos característicos de su generación: la independencia, la adicción a  la tecnología, el exhibicionismo, el espíritu emprendedor y la diversidad cultural. A la determinante de su tiempo se suma la influencia de su espacio. 

"Yo estoy muy orgulloso de ser alteño porque he visto chango cómo mi ciudad ha peleado  para sacar a Goni y  eso me ha ensañado a ser valiente”, resume Juan Lima: 30 años, ingeniero de sistemas, profesor de aymara, hijo de comerciantes migrantes y vecino de la zona 16 de Julio.

Noticias alteñasDe acuerdo al último censo, la ciudad de El Alto tiene 974.754 habitantes y una tasa media anual de crecimiento de 5,10% Del total de la población, el 60% son menores de 35 años.

Hijos de migrantes rurales en su mayoría, los "millennials” de la  "ciudad millennial” han bebido  variadas vetas: desde el aymara hasta el inglés, desde el huayño hasta el hip hop, desde la cumbia hasta la música sinfónica, de la precariedad a la rebeldía. 

"Los alteños jóvenes han sabido reapropiarse del capital simbólico cultural ajeno y propio y prueba de ello son obras únicas como los mal llamados cholets, que son chalets aymaras”,  explica el sociólogo alteño Pablo Mamani.

   Puertas de cultura

En los años 80, El Alto experimentó un explosivo crecimiento urbano. Miles de migrantes se asentaron en la ciudad vecina a la sede de Gobierno llegados desde el área rural del departamento y, después de la relocalización,  desde las minas de Potosí y Oruro. Aledaños a los barrios más tradicionales, como Ciudad Satélite, surgieron otros asentamientos urbanos en condiciones precarias y sin servicios básicos.

Así era la zona Túpac Katari hace 30 años: un conjunto de viviendas sin servicio de agua potable ni calles definidas que se acomodaban alrededor de una plaza y del colegio José Luis Suarez Guzmán. En esas aulas se conocieron siendo niños los  que iban a ser integrantes del grupo de hip hop aymara y evangelizador Askenaz clan.

"De chicos nos pasábamos en las calles pateando pelota en la cancha de la zona. Cuando teníamos unos 15 años competíamos en los concursos de baile de Sábados Populares. En esas épocas, del baile pasábamos a la discoteca y de la discoteca al trago. Después, fija había pelea”, relató el ingeniero comercial graduado en la UPEA Gonzalo Aruquipa. Ahora tiene 32 años y bajo la identidad de Hermano Benji lidera el clan Askenaz (fuego que se propaga, en hebreo).

Antes de convertirse al cristianismo, los chicos de Askenaz se convirtieron al hip hop. Ellos y muchos de su tanda fueron parte de los talleres  Waynarap, que durante los años 90 impartió la Casa de las Culturas Wayna Tambo en su local que aún sigue fomentado la cultura urbana juvenil desde  Villa Dolores.

Con su radioemisora como punta de lanza y sus cursos de rap y hip hop, la Wayna quebraba prejuicios y marcó la primera generación de alteños. Los entonces quinceañeros encontraron en el ritmo nacido en el norte una vía para su propia expresión.

Esos años nacieron varios grupos  como Ukamau y Ké, de Abraham Bojoquez, que grabó cuatro discos con letras que reivindicaban el orgullo de las raíces indígenas y criticaban   una sociedad que excluía a los jóvenes alteños. Bojorquez,  emblema del hip hop en aymara,  falleció tempranamente en un accidente de tránsito; pero dejó huella.

"En mi casa sólo se habla aymara. Mi mamá es del pueblo de Ancoraimes, por eso sé y canto en aymara para evangelizar”, comenta el líder de Askenaz clan, que cuando toma las calles alteñas  con rap cristiano en idioma aymara asume la imagen de un hiphopero salido del Bronx.

"A través del arte buscamos que los jóvenes sean habitantes de la libertad”, comenta Iván Nogales, director del grupo Teatro Trono y de la fundación cultural COMPA. Ambas instituciones desde hace 30 años promueven entre los jóvenes la práctica de la descolonización del cuerpo y de la "descampantización” de las sociedades.

La sede de COMPA -ubicada en Calle de las Culturas de Ciudad Satélite, la primera peatonal de El Alto-  es hoy un edificio con torres y vitrales que parece salido de un cuento. Es resultado de años de trabajo que empezó cuando Nogales vivía con su familia en una precaria casa en esa zona y soñaba con hacer teatro. 

Con 29 años de vida, el elenco Trono ha llevado  obras a varios países de Europa y  América. Y ha hecho más: ha sido una puerta a la liberación por el arte para generaciones de chicos , muchos de los hoy "millennial”.

"El Alto es hoy  menos precario que antes, pero aún de esa precariedad aprendió a hacer cosas inmensas de minucias. Los jóvenes hoy crean,  son emprendedores, se capacitan. Están dialogando con lo íntimo de la identidad local y con la globalización en la cual tienen que moverse”, dice Nogales. Agrega que ve  diferencias entre esta generación de alteños  respecto a  las anteriores.

La importancia de ser alteño

"El Alto ha adquirido otra dimensión de sí mismo. Yo me acuerdo que los changos de antes tenían vergüenza de decir que éramos de El Alto y más aún si tenían rasgos indígenas. Ahora es diferente y eso tiene y no tiene que ver con el Gobierno; porque este gobierno es el lujo que nos hemos dado los alteños y no al revés. Los últimos años hay un orgullo de sentir a El Alto como la capital ideológica, la capital de la rebeldía que se expresa actividades juveniles que son muchas más que las de La Paz”, asegura el fundador de Trono.

La primera generación de nacidos en El Alto fue testigo de la Guerra del Gas, cuando la rebelión popular, que cobró vidas, defendió los recursos naturales. Ese lucha marcó a muchos

"El 2003 yo he aprendido que las cosas sólo se consiguen peleando, que cuestan, que los alteños no podemos dejarnos abusar. Y vamos a ser los primeros en dar la vida por el país”, asegura Lizeth Mamani de 28 años que siendo aún niña acompañó a su padre a las marchas de 2003. 

Hoy Mamani es dueña de un negocio de bordados y da empleo a 10 mujeres en su taller de la zona 16 de Julio. Se confiesa adicta a las redes sociales y planea inscribirse al gym de Ciudad Satélite. Lo hará "en  un tiempo” pues ahora espera su primer hijo, que será la segunda generación nacida en El Alto.

La UPEA forma a  profesionales alteños desde hace 17 años

Creada el año 2000, la Universidad Pública de El Alto (UPEA) ha titulado a 5.074 profesionales en diferentes áreas.  Hoy tiene 35 carreras, 16 sedes y 42.286 estudiantes que cada año son más.

"Yo estudio en la UPEA para ser una profesional y trabajar por el  progreso de El Alto, que es mi ciudad”, dice Fanny Villasanque, que cursa el tercer año de Administración de Empresas. 

Nacida en El Alto, la joven cuenta que nunca dudó en entrar a la universidad de su ciudad.

"Algunos compañeros se van a la UMSA de La Paz, pero yo me he convencido de la calidad académica de la UPEA y quiero demostrar que los jóvenes alteños no somos borrachos como algunos creen equivocadamente”, dice en el patio de la sede central de la "U”, en Villa Esperanza.

El edifico de cinco plantas y diseño tiwanakota es una de las sedes de la UPEA. En pocos años la institución ha logrado institucionalidad, con lucha como la mayoría de las cosas en El Alto.

En 1989, instituciones sociales de El Alto firmaron convenios con la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) para crear una facultad con carreras técnicas, pero la población de El Alto quería que la universidad tenga también carreras a nivel licenciatura. Con ese objetivo, los alteños realizaron  una serie de movilizaciones. Además de mayor oferta académica, exigían autonomía, pues no querían que la UPEA respondiera a la administración de la UMSA paceña.

"Yo he sido de los primeros egresados de la UPEA y he visto todo el proceso de la autonomía y líos internos. Al principio la universidad se dividió, pero ahora está estable y crece”, evalúa Ruben Hilari, licenciado en Lingüista, ciberactivista y miembro del colectivo J’aqi Aruque, que  lleva adelante la tarea de traducir el Facebook en lengua aymara.

El 5 de septiembre de 2000 se promulgó la Ley 2115 que determinó la creación de la Universidad Pública de El Alto. En noviembre de 2003, durante el gobierno de Carlos Mesa,  entró en vigencia la ley que garantiza la autonomía  de la UPEA.

La universidad alteñas ha sido un actor principal de las transformaciones sociales durante los últimos años. "Está en su origen, en el origen de su estudiantes la rebeldía”, dice Hilari.

"La UPEA está bien, nos da buena educación y para nosotros formarnos aquí es un privilegio”, asegura Gabriela Machaca, estudiante de la carrera de Enfermería. "Para los  alteños esta es nuestra universidad. Yo no la cambio porque es mi casa”, coincide Endalicio Mamani, de Administración de Empresas.

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Liliana Carrillo V. / El Alto// Página Siete

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