Calle Comercio de La Paz

Esa vía, cuyo nombre data de 1548, fue escenario del ingreso triunfal de los libertadores, pero también de revueltas y lo último de la moda.
Es la más transitada de la ciudad. Unida indisolublemente a la historia, las tradiciones, las costumbres y la vida de La Paz y de Bolivia, la calle Comercio —como ahora se la conoce— todavía late tomando el pulso a las idas y venidas de la sociedad paceña.
A la calle Comercio hay que comprenderla en el concepto de urbe del siglo XVII. Como cualquier otra ciudad de los españoles, La Paz fue trazada desde su fundación siguiendo el modelo de un damero europeo, cual si se tratara de un ordenado tablero de ajedrez.
Calle Comercio de La PazA diferencia de los otros burgos del Nuevo Mundo, la ciudad de La Paz estaba en una hondonada y su caprichosa topografía destrozaba de un plumazo los intentos de planificación volcados en los croquis y planos. En éstos se puede advertir que intención y realidad estaban lejos una de la otra.
El método de construcción —en una época en la que apenas se contaba con tecnología arcaica— partía de la imposición topográfica. Así nació la calle del Comercio como una necesidad de unir a través de una vía la Plaza de los Españoles, hoy Alonso de Mendoza, con la Plaza Murillo, entonces Plaza de Armas. Ni qué decir de esta última que era el centro neurálgico de la ciudad y el punto donde se estableció el Cabildo, que en la etapa colonial cumplía más de una función: Casa de Gobierno, lugar de deliberaciones, palacio pretorial, prisión y arsenal.
Transcurrieron décadas, aun siglos, antes de que nacieran otras vías tan importantes como aquella: la antigua Alameda (paseo de El Prado), Chocata (calle Illampu), calle de las Carretas (avenida Montes), calle del Recreo (avenida Mariscal Santa Cruz)… La Comercio —con su espíritu ajeno al paso del tiempo— mantiene actualmente su importancia.
Sus primeros días
En la historia está escrito que por la Comercio cabalgaban los caballos españoles en famosas carreras en honor a su patrón, Santiago. Partían del Cabildo, daban una vuelta a la Plaza de Armas para atravesar después la mencionada Comercio. Llegaban hasta la Plaza de los Españoles y retornaban en recorrido inverso. Se premiaba al que hacía ese trayecto en menos tiempo, entre el regocijo y el aplauso de los espectadores.
Los equinos no eran los únicos e inesperados pobladores de la Comercio. La calle era también recorrido obligado de las procesiones
religiosas, reflejo de los pálpitos devotos de La Paz tanto durante la Colonia como en la República. Los días del Corpus Christi eran de lo más sonados. Se armaba una infinidad de altares en cada esquina para honrar al Santísimo, y de las ventanas y balcones colgaban suntuosos brocados, gonfalones (banderas) y finas sedas que engalanaban en homenaje a Jesús Sacramentado.
La devoción ha llegado hasta nuestros días. Hoy, la calle Comercio es ruta insustituible cada Viernes Santo y siempre fue prota- gonista en procesiones esporádicas que surgían en periodos de guerras, epidemias y otras calamidades. Es el caso de la procesión del Señor del Perdón, patrono de la ciudad de La Paz, que en el curso de los años ha salido en muy contadas ocasiones de su altar: durante la Guerra del Pacífico, en la contienda del Chaco y contra Melgarejo.
A la par de la política
Pero si por algo se ha identificado la Comercio es por ser parte capital del devenir político del país. A lo largo de distintas épocas, las rondas militares, a pie o a caballo, se producían en esa vía. Tal era su importancia que en la sublevación de Túpac Katari fue volado el puente sobre el río Choqueyapu por orden del gobernador Sebastián Segurola, para que los sitiadores no llegaran a través de la Comercio a la custodiada Plaza de Armas.
En la Colonia y la República, todo brote político, tumulto armado y protesta violenta empezaban generalmente en la calle Comercio. No se debe olvidar que Antonio Gallardo, con sus enfurecidos seguidores, recorrió la calle hasta llegar al Cabildo para dar muerte a palos al Gobernador de la ciudad. En la lucha por la independencia, los paceños pegaban pasquines en las fachadas de las casas contra los abusos de los españoles.
Todo hila. El Billar de Graneros —uno de los protomártires de la revolución del 16 de julio de 1809— estaba en la calle Comercio. En este recinto se llevaron a cabo reuniones secretas de los denominados patriotas y también se encontraron los conjurados, aquellos que tomaron por asalto el cuartel de los Veteranos.
Después de la batalla de Ayacucho, cuando se puso fin al yugo español, en la calle Comercio se erigieron arcos de plata para dar la bienvenida a los libertadores y padres de la patria: Bolívar y Sucre, quienes desfilaron en compañía de la tropa colombiana del general Córdoba. Allá también se combatió con barricadas la ominosa tiranía de Melgarejo, quien finalmente
consiguió tomar el lugar con la ayuda de sus secuaces para atacar e incendiar irremediablemente el Palacio de Gobierno en plena presidencia de Tomás Frías.
Guerras y revueltas
¡Cuántas cosas ha vivido la calle Comercio! Que se lo digan si no a aquellos soldados que marcharon por esta calle en 1879 para defender la soberanía y el mar de Bolivia, ante la invasión de los chilenos.
De la misma manera, en 1932 la juventud paceña atravesó la calle y sus adoquinados en dirección al Chaco. Esos miles de jóvenes defendieron con su sangre la honra de la patria. Muchos nunca retornaron, jamás los volvieron a ver en sus hogares, pero salvaron petróleo y gas, que quedaron en Bolivia.
Con las mismas ansias, en las jornadas de la patria —en agosto— y el día de la tea de Murillo, el 16 de julio, niños, jóvenes y educadores caminaban cada cuadra de la arteria como homenaje.
De similar manera, la Comercio acogió a las masas del pueblo que en 1946 ingresaron con fuerza y valentía por esta calle en lo que fue un adelanto de lo que se viviría el 21 de julio.
En los últimos años las cosas han cambiado un poco. Actualmente no se permiten alborotos políticos en el lugar y gracias a las vallas metálicas y a los policías armados se hace casi imposible el ingreso de manifestantes de una u otra tendencia a la Plaza Murillo. Aun así, la calle Comercio sigue siendo zona de tumultos, de tiros y gases… el pulso de la gente.
Siempre a la moda
Pero la identidad de la Comercio no se queda ahí. La calle fue y sigue siendo lugar de esparcimiento y distracción. Los últimos años de la Colonia fueron los que le dieron otro rostro. Por aquel entonces, el gobernador de La Paz, Juan Sánchez Lima, la adornó y embelleció renovando el alumbrado nocturno, pintando las fachadas y manteniendo una limpieza estricta en sus rincones. Los vecinos recibieron estos cambios con los brazos bien abiertos.
Eran días en los que las mujeres lucían la moda de la vieja Europa con mantones de Manila y los hombres se paseaban tiesos con levita y chistera. Esta costumbre continuó por muchos años. Después de la Guerra del Chaco, en la década de los 40, los elegantes de la ciudad —los "pijes"— todavía recorrían la calle Comercio.
Así era la calle Comercio, siempre con gente que iba vestida a la moda. Por eso no es de extrañar que el Carnaval fuera en cada edición uno de los momentos más significativos de la vía. Sus
vitrinas exhibían los trajes de las comparsas, de ventana a ventana colgaban boas y lazos de amor —en lugar de las raquíticas serpentinas actuales—, y la juventud preparaba la entrada del domingo.
Lugar de progreso
Siendo una vía neurálgica de la ciudad, la calle Comercio ha sido desde que recibió ese nombre, en 1548, un punto indispensable para el desarrollo, el progreso y, sobre todo, los negocios paceños.
Allá se erigieron joyerías, perfumerías, establecimientos de comestibles, de licores, de ropa, de armas, inmobiliarias, farmacias… los primeros comercios eran atendidos por españoles peninsulares, pero luego pasaron a manos de criollos y extranjeros que vivían en La Paz. Para este tiempo, la importación de ultramarinos se convirtió en una constante y en los puestos había mercadería al alcance hasta de los bolsillos más humildes.
En el siglo XX, en la República, las corrientes migratorias trajeron nuevos bríos. Semitas, árabes y japoneses llegaron al país y llenaron de innovación muchas tiendas de la calle Comercio. Fue en este periodo, al demolerse el Convento de las Concepcionistas, cuando se construyó un edificio de una cuadra de largo —que aún existe— donde funcionaba el cine Roxy. También se cimentó el Edificio Sáenz, donde ahora se encuentra el Teatro Princesa, y fue la época en que nacieron otros edificios ajenos a los estilos colonial y de la República. Esa tendencia dio pie a incongruencias tales como la protagonizada por la confitería Beirut, de un libanés, que por años tapó la fachada del actual Museo Nacional de Arte.
En esos días de locura y desconcierto, en cuanto a las líneas arquitectónicas se refiere, la Comercio era vehicular. Pero no tardó en retornar a su pasado peatonal. A finales de los 70, con Raúl Salmón al frente de la Alcaldía, se cerró de nuevo el paso a las movilidades.
Así se llega hasta nuestro tiempo. Hoy la Comercio, quizás, no es más que una alargada sombra de lo que antes era. Aunque existen a ambos lados tiendas de todo tipo, lo cierto es que fines de semana y en épocas altas de venta como Navidad, en la calle pululan los negocios informales. Es la "nueva Huyustus" o el "segundo Miamicito". Incluso se ha convertido en punto de reunión de grupos de antisociales, sobre todo por las noches. Con todo ello, aún no murió su espíritu. ¿Pero recuperará algún día su esplendor?// Pablo Michel Romero es arquitecto. Especialista en historia del arte.// Bolivia.com

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